dudosa geografía urbana

Completamente viernes

completamenteviernes

Título: Completamente viernes

Autor: Luis García Montero

Año de publicación: 1998

Lugar:

Editorial: Tusquets

De verdadero regalo para los lectores puede considerarse este nuevo libro de Luis García Montero, en el que sus poemas abordan valientemente -como cabría esperar de uno de nuestros mejores poetas contemporáneos- el sentimiento amoroso, un tema al que la poesía última parecía haber renunciado pero que en Completamente viernes inspira, como podrá comprobar el lector, poemas memorables.

Si la veta amorosa ya estaba en algunos libros anteriores del propio García Montero, en éste se manifiesta con un protagonismo radical y vertebrador. No hay momento, actividad, día que no esté entreverado de la presencia del otro. Hasta los malos pensamientos, las rutinas, el trabajo, el caos urbano, dibujan los peculiares trabajos y días del enamorado. Por encima de las sombras que se cruzan, los tropiezos, las torpezas, el poeta deja clara su voluntad de afirmar la plenitud de su amor, la totalidad de su experiencia: a ese sentimiento pertenece no sólo «la realidad con su mirada inhóspita, / el deseo que nace de los sueños», sino el pasado y el futuro. Si el amor es el sentimiento que rescata de la literatura, aquí comprobamos admirados que también es el que todavía la hace posible.

Completamente viernes

Por detergentes y lavavajillas

por libros desordenados y escobas en el suelo

por los cristales limpios, por la mesa

sin papeles, libretas no bolígrafos,

por los sillones sin periódicos

quien se acerca a mi casa

puede encontrar un día

completamente viernes.

Como yo me lo encuentro

cuando salgo a la calle

y está la catedral

tomada por el mundo de los vivos

y en el supermercado

junio se hace botella de ginebra

embutidos y postre,

abanico de luz en el quiosco

de la floristería,

ciudad que se desnuda completamente viernes.

Así mi cuerpo

que se hace memoria de tu cuerpo

y te presiente

en la inquietud de todo lo que toca,

en el mando distancia de la música,

en el papel de la revista,

en el hielo deshecho

igual que se deshace una mañana

completamente viernes.

Cuando se abre la puerta de la calle,

la nevera adivina lo que supo mi cuerpo

y sugiere otros título para este poema:

completamente tú,

mañana de regreso, el buen amor,

la buena compañía.

Problemas de geografía personal

Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo

con el frío de alguna palabra que no he dicho,

con un malentendido que temer,

ese hueco de torpe inexistencia

que a veces, gota a gota, se convierte

en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy

el viajero que cruza por la gente,

el que va de aeropuerto en aeropuerto

o el que mira los coches, en dirección contraria,

corriendo a la ciudad

en la que acabas de quedarte.

Nunca sé despedirme, porque soy

un ciego que tantea por el túnel

de tu mano y tus labios cuando dicen adiós,

un ciego que tropieza con los malentendidos

y con esas palabras

que no saben pronunciar.

Extrañado de amor,

nunca puedo alejarme de todo lo que eres.

En un hueco de torpe inexistencia,

me voy de mí

camino a la nada.

Impertinencias

En la mesa de al lado,

un jardín de señoras en domingo

abonadas al orden del murmullo

y del té con limón,

en un café de invierno por la tarde.

Se quejan de los tiempos, beben, fuman,

discuten sus secretos, asienten con sonrisas…

y de pronto se paran a mirarte.

Despreocupada cuentas

– y en el local tu voz es como el sable

que hiere al enemigo –

una historia de cama con detalles expertos,

una manera de sentir la vida

que penetra y disuelve

la luz de iglesia,

la humillación del frío en las rodillas,

los cajones cerrados y las fotos de boda.

Cierto tipo de gente

sufre de los inviernos en los ojos,

conoce las heladas

que pasan por debajo de una puerta,

una puerta de alcoba,

allí donde la noche siempre tiene

olor de espera inútil,

y después de la espera se aceptan las mentiras,

y después el silencio.

Nada dejan los años en la mesa de al lado,

sino un murmullo que envejece y una sombra

que cruza por los labios como una cicatriz,

un rencor en la piel de la conciencia.

Tu voz es alta y joven,

va vestida de fiesta y cuando se desnuda

hace que el sol de invierno, conmovido,

se detenga un instante para apoyar la frente

sobre los ventanales del café.