La reivindicación de la política

Vivir a la intemperie significa quedarse solo ante el poder. Nuestro miedo y nuestra furia están marcados por la soledad. Es la geografía de vida que pretende el desprestigio de la política. Porque el fin último de la política supone el trazado de ámbitos de intermediación entre los ciudadanos y el poder. Eso es lo que intenta liquidar el poder financiero y su cultura de desprestigio de la política. Se trata de acabar con estos ámbitos de intermediación. El poder quiere relacionarse de forma directa con los ciudadanos. Es una operación que facilita el sometimiento, una condena a la docilidad. Cuando decimos que la economía especulativa desmantela hoy el Estado del bienestar, nos quedamos cortos. Es el Estado a secas, la intermediación entre el poder real y los ciudadanos, lo que está en juego.

¿Podemos permitirnos el lujo de una lucidez pesimista? Hace hoy demasiado frío en la realidad para añadir una inteligencia de hielo. Ninguna receta económica, teórica o intelectual aporta por sí sola el calor necesario para defendernos de este invierno. Necesitamos un poco de corazón, algo de ese sentimiento ocupado ahora por el miedo y la furia. Debemos rescatar parte de los sentimientos para encender una hoguera dentro de la razón. Es decir, para volver a reunirnos en torno a unos valores.

No es preciso insistir mucho en los mecanismos de los que el poder se sirve para desacreditar la política y quedarse en escena con las manos libres. Los escándalos mediáticos, la corrupción, el ataque de los unos contra los otros, de los otros contra los uno, la farsa parlamentaria a las órdenes de los intereses económicos, la quebradura de la soberanía cívica, debilitan la confianza. Nos han convertidos en unos aldeanos apegados al terruño de nuestra incredulidad y dispuestos a que nadie vuelva a engañarnos.

No hace falta insistir en el poder y sus maldiciones. Pero tal vez conviene meditar en la relación que, en sus buenos tiempos, se estableció entre la política y nosotros. ¿Qué esperábamos de ella? Todo. La política y el Estado han sido una fábrica de promesas, el mostrador en el que exigir un futuro perfecto. Hablar en nombre de la política y el Estado suponía tanto como poseer la verdad, saber el camino. Desde esta inercia, la política no suele reunirnos en el presente para imaginar el futuro. Más bien se sitúa ya en el futuro para imponer desde allí un orden en el presente.

Esta costumbre ideológica posibilitó males mayores, como el surgimiento de los comisarios y sus totalitarismos. Siempre actuaron como portavoces del futuro. También ha extendido males de tono menor, pero con efectos de largo recorrido: la decepción y la desconfianza. Poco a poco hemos dejado de ser ciudadanos y nos hemos transformados en clientes de los debates políticos. Vivimos dentro del consumismo democrático, nos acercamos a los mostradores del Estado y de los partidos para comprar el futuro. No nos sentimos responsables, sino consumidores, y por lo tanto acabamos fijando nuestra relación con la política a través de un libro de reclamaciones. Cuando alguien nos vende algo que no se puede vender es que nosotros queremos comprar algo que no se puede comprar. En vez de responsabilizarnos del futuro, de acercarnos a la política como una parte más del debate, la duda, la imaginación y el compromiso, hemos pretendido adquirir a plazos una parcela en una urbanización para ricos llamada felicidad. Y somos algo más que una clientela.

Antonio Machado vio unos brotes jóvenes en un olmo seco y anotó la gracia de la rama verdecida y el milagro de la primavera. El porvenir no es un cheque al portador, sino una esperanza, una ilusión. Reivindicar la política y la esperanza supone una tarea urgente de compromiso en esta intemperie que soportamos. Y lo primero que resulta necesario es cambiar de actitud. No pensemos en la política como un producto en mal estado, sino en nuestra responsabilidad como productores. ¿Qué puede hacer la política por nosotros? Exactamente lo mismo que nosotros por ella.

Defender la política empieza por el reconocimiento de su fragilidad, de su milagro. Resulta imprescindible quitarle su disfraz de libro de reclamaciones. No se trata de un mostrador, sino de una imaginación. Si queremos soberanía, debemos reconocer que somos parte del poder. Debemos reconocer nuestro poder.

4 Comments

  1. Carmenlou el 13 marzo 2012 a las 00:27

    «¿Podemos permitirnos el lujo de una lucidez pesimista? Hace hoy demasiado frío en la realidad para añadir una inteligencia de hielo… Necesitamos un poco de corazón, algo de ese sentimiento ocupado ahora por el miedo y la furia. Debemos rescatar parte de los sentimientos para encender una hoguera dentro»…
    Al leer estas palabras he recordado algunas frases de Mía Couto:
    » Mis pasos no eran ya ni de vuelta ni de ida. Mi andar era de agua, en la corriente del miedo.»
    «La cara garabateada, parecía que había tomado bicarbonato de odio»
    «El avestruz mete la cabeza en el desierto. Allá él. Porque hay hombres que escogen bastante peor: meter el desierto dentro de la cabeza.»
    Ciertamente pareciera que la corriente del miedo nos arrastra, que el enfado nos tuerce el gesto y nos amarga el día a día. Algunas personas escapan de la realidad no queriendo verla, otras le aplican la lupa distorsionadora del odio…En esta circunstancia, la lucidez no puede dejar de ser pesimista, pero también es cierto que la derrota sería absoluta si nuestra libertad de sentir la dejásemos al pairo de cualquier aleaje: nos va en ello lo que nos queda de vida.



  2. Luis García Montero el 13 marzo 2012 a las 00:37

    Gracias, Carmenlou. Así es



  3. A. Cortina el 13 marzo 2012 a las 04:14

    Querido Luis:
    estoy muy de acuerdo contigo pero ¿Tu crees que las desilusiones se pueden apartar como desechas un plato? La desilusión no es con tus ideas. Es hacia la gente en general. Te vas cargando de desconfianza hacia todo el mundo cuando te das cuenta de que somos tan dispares en pequeñas cosas y, que esas pequeñeces, hacen del otro un ser tan distinto a ti!! ( esto suena a A. Gonzalez) que te preguntas ¿Pero, y lo que yo defiendo, con quién más lo defiendo? Por que recuerdo años de juventud en donde parecía que todos íbamos a lo mismo. Que todos pensábamos tan igual… ¡y, cómo salimos todos como proyectiles en todas direcciones nada más que hubo que decidir sobre una cuestión aledaña!
    Mira, te digo la verdad, si no se estructura el medio de participación de forma que la opinión individual cuente, nada servirá de nada.
    Hace unos años, cuando se hablaba de que nos íbamos a comunicar a través de la televisión, yo comentaba con algunos amigos la utilidad de esta para el «juego» democrático. Al principio era sólo como un juego de roles o algo parecido, pero aplicado hoy día, con los medios actuales, es posible hacer elecciones a diario, de la que tomas el café por la mañana, con garantías suficientes y gratis. Pero a quién le interesa. La política tal y como está asentada es un negocio para muchos. Y digámoslo alto: INCOMPETENTES. Pero esos incompetentes son muy hábiles en argucias de pasillo, en dimes y diretes y la opinión pública es muy manejable.
    Para mi, la fórmula pasaría por lo que llamarían, de forma peyorativa, una tecnocracia, donde especialistas en distintos campos son elegidos y depuestos por sus acciones o propuestas de forma casi inmediata si el consenso de la población así lo estima. Puede parecer una locura porque tal parece, a simple vista, que no habría nunca un gobierno estable. Pero es cuestión de regular la estadística. Además de que estabilidad no tendría el mismo sentido con esta fórmula de gobernanza.
    ¿Te imaginas que te levantes por la mañana y leas en la prensa o la televisión que un «empleado» político propusiera la viabilidad de prohibir a la gente reunirse en grupos de más de cuatro personas por causas de asepsia sanitaria y tu y yo y otros veinte millones de personas que nos gusta ser unos guarros y poco asépticos, en ese sentido, pudiéramos despedir de inmediato a ese señor y su proyecto? Traslada esto a cualquier medida gubernativa. Ahí si que participo individualmente con mi voz, no con un cheque en blanco en una urna de cristal.
    No sé. Yo ya creo que no compro lo que no se puede comprar, sino que nos imponen qué comprar y lo aceptamos para seguir viviendo. Un poco como el hombre unidimensional de Marcuse. Y tu me dirás que hay que salir de esa rueda. Y yo te pregunto ¿Con quién?

    Un abrazo. Hasta otro momento.



  4. Abelardo Martínez el 14 marzo 2012 a las 22:41

    Quizás la política sea necesaria, que no lo se muy bien, pero el político como tal jamás nos representa. Solamente y no quiero pecar de demagógico, unifican sus esfuerzos para defender sus causas comunes, como es el intento de privarles de algún privilegio que el resto de los mortales no disfrutan; entonces, solamente entonces alzan sus voces y sacan sus garras para defender sus plebendas.

    Cuando he estado en un acto literario donde ha habido a mi lado un político, ha hecho lo indecible para marcar los tiempos, colocarse en el centro de la mesa e intentar ser la novia ó el difunto en la boda ó el entierro.

    En los tiempos que corren, somos nosotros mismos y nadie más quienes tenemos que sacar las castañas del fuego; por una parte nos penalizan si consumimos y no ahorramos, por otra parte si gastamos alegremente ó simplemente vivimos como hacíamos anteriormente, nos putean diciendo que la prima de riesgo sube porque no se ahorra y debemos más de lo que tenemos.

    En las épocas gordas, viví sin hacer ningún derroche, ahora en los peores tiempos de crisis me dió por comprar vehículo nuevo y una casa en la playa; me he quedado como diría mi buen amigo Sabina, más tieso que la mojama, pero me niego a vivir acojonado, me niego a vivir sin ilusión ni esperanza. A partir de ahora, viviré al día como la mayoría de los mortales, pero ni el banco me va a putear jamás porque no le debo nada ni un tecnócrata del tres al cuarto me tiene que decir cuando es el momento en el que tengo que gastar los ahorros de toda una vida. Quizás sea por mi espíritu rebelde, seguramente es por eso.