Veo a mi padre con su libreta abierta. Tiene ordenados por sus terminaciones todos los números de lotería que lleva este año, un año más, una vida entera. Mira el televisor, escucha el rodar de las bolas y la voz inocente de la infancia que canta. Mientras el nervio primero del desayuno y el sorteo se convierten en monotonía para los demás, él sostiene la atención y espera que salga premiado alguno de los décimos que ha ido acumulando a través de sus compras o de los intercambios que provoca casi desde el verano con sus 6 hijos, todos varones. Mi madre fue buscando a la niña de embarazo en embarazo, pero en su sorteo biológico particular tampoco salió premiada.

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