Al poeta Miguel Hernández no le dejaron estudiar. La leyenda repitió durante años que la pobreza familiar había impedido su permanencia en los centros escolares; pero no era verdad. La razón fue que su padre consideraba el estudio como algo peligroso para el pueblo y que los libros debían reservarse para las élites destinadas a la Iglesia o al Gobierno. Si una buena educación pública es una exigencia imprescindible en la igualdad y el progreso democrático de una sociedad, resulta lógico que las élites económicas se planteen la colaboración con el fanatismo y la incultura para mantener sus privilegios.

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