Muy cerca de Granada, a la salida de la carretera que va hacia la costa, está Armilla. Es un pueblo al que le tengo especial afecto desde niño, porque pasar entre sus calles y por delante de su base aérea, siempre vigilada por soldados vestidos de azul, suponía empezar el camino hacia el mar. El coche de mis padres iba cargado de cestos y niños, soportaba la orquesta veraniega de las chicharras y cruzaba por pueblos, canciones, curvas, caracolillos, mareos, adivinanzas, aplausos, túneles, pantanos, churrerías y abucheos, hasta llegar al puerto de Motril y a la playa de las Azucenas. Las distancias cambian con el tiempo; 70 kilómetros eran entonces algo parecido al infinito.

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