Si hablamos sólo de política y dejamos a un lado la seria amenaza que suponen para la lucha contra la epidemia, las concentraciones en el barrio de Salamanca son una curiosidad tranquilizadora. Hasta tienen su gracia. Que se reúnan personas adineradas y pijos de baba para pedir libertad, animados por políticos herederos de la dictadura franquista, es un homenaje a los esperpentos de Valle-Inclán y un acto de soberbia impotente. La criada con cofia entra en la sala y anuncia: señores, son las nueve, es la hora de la protesta. La tragedia se convierte en farsa. Parece que todas las campañas para extender el odio entre las mayorías populares están fracasando. Por eso son llamados a filas los familiares más impresionables de las élites para que le den a la cacerola y defiendan sus derechos democráticos y su libertad de manifestación.

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