Leo una reflexión de Antonio Machado: «Porque la muerte es cosa de hombres –digámoslo a la manera popular– o, como piensa Heidegger, una característica esencial de la existencia humana, de ningún modo un accidente de ella; y sólo el hombre –nunca el señorito–, el hombre íntimamente humano en cuanto ser consagrado a la muerte, puede mirarla cara a cara». Los hombres y las mujeres de la sociedad de consumo somos invitados por muchos caminos a definir la vida en una edad de la inocencia. Nos fundamos en la consigna de que el cliente siempre tiene razón y exigimos un plazo de arrepentimiento para devolver los objetos que compramos por error.

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