Más convencido que nunca en mis ideas, me pongo a escribir y me muerdo la lengua. Me confío a un tono de serenidad, calma, reposo, sosiego y tranquilidad. Luis el tranquilo, se ríe el espejo de mi despacho. Y yo le recuerdo a un viejo amigo, el catedrático Fernando de los Ríos. En una sesión parlamentaria, afirmó con la paciencia de su humanismo socialista que en España la educación es un valor revolucionario.

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