Salgo a las calles de Madrid antes de que rompa por el horizonte la primera luz del día. No sé exactamente si se trata de que he dormido mal o me he despertado pronto, pero me confundo con la madrugada y contemplo el amanecer sobre los tejados de la ciudad y las ramas de los árboles. Cuando llueve, el agua cae dos veces sobre las aceras y la tierra gracias a las hojas de los árboles. Ahora ocurre lo mismo con la luz y las sombras, las ramas tejen figuras en las que el caminante puede imaginar despedidas y apariciones. Me gusta ver cómo amanece la ciudad, cómo la claridad se extiende poco a poco sobre los edificios y las gentes que se levantan con el alba para acudir a sus trabajos.

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