Cuando la Unión de Estados Norteamericanos fue apoderándose de territorios hispanos, convirtió en costumbre la consigna de celebrar entierros de libros en español. Se abrían fosas en los patios de las escuelas y se arrojaba en ellas las palabras impresas de un idioma con siglos de historia en aldeas, ciudades y regiones. Se identificaba un solo idioma, el inglés, con una identidad fundacional que se concebía a sí misma como una habitación cada vez más grande, pero también más cerrada.

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