El jueves amaneció moribundo nuestro gato. La veterinaria nos había aconsejado hace semanas que le pusiésemos la inyección de despedida. Pero, como no estaba sufriendo, retrasamos la decisión, aunque era triste verlo cada vez más vencido y apenas alimentado de caricias. Llevaba con nosotros 17 años. Mi hija Elisa lo encontró abandonado por su madre, lo trajo a casa y con la ayuda de sus dos hermanos nos convenció a Almudena y a mí de que debíamos quedárnoslo. Cuando estábamos argumentando todas las dificultades familiares para cuidar bien a un animal en nuestra situación, nos dijeron que habían decidido llamarle Negrín, ocurrencia que cortó en seco cualquier condena de exilio. No nos quedó otra respuesta que ponerle un plato de leche y aceptar que ya formaba parte de nuestra vida.

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