Hace ya mucho tiempo, y es un tópico de la literatura y el periodismo contemporáneos, que la celebración de la Navidad perdió su sentido original. Celebramos unas fiestas en las que las campañas comerciales borran no ya el acontecimiento religioso, sino el significado profundo que late en todos los mitos. Se trata del nacimiento de un ser humano y la voluntad de sus padres para encontrar un lugar en el que cuidarlo, aunque sea un pesebre, y resistir en la pobreza mientras encuentran el modo de burlar la ilegítima legalidad de Herodes. En cualquier esquina, en cualquier rincón del mundo, en un establo, sin más compañía que unos animales, unos pobres pastores y unos estrelleros despreciados por la sabiduría oficial, el ser humano viene al mundo con un alma que merece respeto, y que unos llamarán divinidad, otros Derechos, y otros las dos cosas a la vez.

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