La hermosura de la nieve es inseparable de sus peligros. No puede evitarse que surja una ilusión infantil cuando empiezan a caer del cielo la magia, los recuerdos y los copos. Queremos que siga, que resista su fuego helado en el aire, que cubra los tejados, los arbustos, las aceras, y permanezca el tiempo necesario para cuajar. Por eso resulta inevitable pensar también en las carreteras, las estaciones sin tránsito, los pueblos aislados, las ciudades bloqueadas, los viajeros atrapados, los mendigos en los soportales, las barriadas sin electricidad. La nieve hermosa cae e invade los campos blancos, la vida blanca, la casa blanca.

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