El valor decisivo de la memoria colectiva se ha unido casi siempre en los debates españoles a las reivindicaciones de la izquierda. Se trata de una dinámica lógica porque durante muchos años la dictadura de Franco legitimó su poder en el olvido y en la manipulación de los hechos. Luchar contra el silencio suponía una hermandad imprescindible entre el conocimiento, las libertades y el homenaje a las víctimas. Que los restos del dictador permaneciesen más de 40 años en un monumento nacional para recibir las devociones de sus deudos y nostálgicos, ejemplifica bien la extraña relación de la democracia española con la memoria. Que esa anormalidad se haya solucionado por fin, puede ejemplificar también que las cosas cambian, deben y pueden cambiar para el bien de la nación que compartimos.

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