Pocas miradas como la del fotógrafo húngaro Nicolás Muller sirven tanto para comprender la solitaria dignidad de los seres humanos. El niño que carga leña y mira a la cámara, la niña que prefiere mirar hacia otra parte y busca una salida, quizá porque el fotógrafo se ha agachado hasta ponerse a su altura, los niños que juegan en corro o levantan el brazo para hacer el saludo fascista en un colegio, el pastor con sus rebaños, la campesina que marca una frontera desamparada entre el cielo y la tierra, los estibadores descalzos, gente que barre, camina, tiene hijos, trabaja y sobrevive en la quietud de su paciencia.

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