La discusión entre el bien y el mal no se queda nunca en un jardín teórico. Resulta imposible separar el pensamiento, el derecho y la justicia de la vida propia y de la vida de los demás. Lo que han visto nuestros ojos es tan importante que sus huellas tristes o felices nos deben hacer dudar de nosotros mismos cuando pretendemos cerrar los ojos ante lo que pasa. Los periódicos y los informativos se llenan de catástrofes, dolores y malas noticias; casi nunca hay espacio para hablar de las humildes cosas alegres, el atardecer del sol que cae sobre el mar y la conversación de unos amigos, el amanecer que apoya su cabeza en una almohada, las calles de una ciudad habitadas por la gente que viene o va a sus tareas. Pero se trata de realidades inseparables. Si duelen las catástrofes es porque estallan sobre la respiración, los recuerdos, las costumbres, los asuntos del bien y del mal que forman parte de una normalidad diaria.

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