El martes me llevó por motivos de trabajo a Andorra. Allí, al norte de la Península Ibérica, entre visitas oficiales y actividades culturales, me estaban esperando los alumnos del centro María Moliner. Agradecí mucho que prepararan, que me regalaran, una clase. Después de 40 años dedicado a la educación pública, es lógico que haya discutido mucho sobre inversión, carencias, planes de estudios, renovaciones y mundos hostiles en las pantallas de televisores, ordenadores y móviles. Pero cuando cierro la puerta de un aula, miro a los ojos de los alumnos, me dejo de discusiones y me pregunto: ¿qué puedo hacer por ellos? La pregunta me devuelve a la raíz de mi vocación.

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