En un artículo de La Ilustración Artística, eso es lo que afirmaba de manera dolida e irónica Emilia Pardo Bazán en julio de 1910: el arte es cosa de hombres. Su vieja lucha feminista no había triunfado, pero tampoco se daba por perdida. Era entonces una mujer de 59 años, novelista reconocida, criticada, moderna, envejecida, rompedora, tradicionalista, moderada, amiga de la polémica, deseosa de soledades y de reconocimientos, privilegiada y excéntrica. Como ha escrito Isabel Burdiel, “¡cuántas cosas diferentes se pueden hacer con el privilegio y la excentricidad!”.

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