A veces, mientras trabaja en la lavandería del hospital, recuerda el campus universitario y los años en los que estudiaba Filología Hispánica. Hubiera sido mejor, piensa, seguir estudiando y no arriesgarse a pasar toda su vida bajo el ruido acosador de las lavadoras y las secadoras. En la ropa que cada día llega, hay restos de sangre, heces, trozos de cordones umbilicales, huellas de muerte. La muerte deja un perfume extraño. Algunos ancianos se duchan, peinan, afeitan y empapan de Varón Dandy para darse un paseo, uno más, pero esta vez por un camino desconocido. Ese olor no lo quitan ni los centrifugados, ni las lejías, ni las temperaturas de 80 grados.

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