Extrañarse de que un católico pida perdón por sus pecados es desconocer el sentido del sacramento de la confesión. Extrañarse de que una política neoliberal se sorprenda ante la necesidad de repensar el pasado es desconocer que su concepto del tiempo supone una mercancía: se parece mucho a los objetos de usar y tirar. Con los asuntos de la memoria conviene tener cuidado porque tanto el olvido como el anacronismo son dos estrategias peligrosas de la deshonestidad. Ya nos lo advirtió Tzvetan Todorov en su ensayo Los abusos de la memoria, una advertencia muy útil para los que preferimos el trabajo de los historiadores al orgullo de los demagogos. La defensa de los derechos humanos en el presente resulta más provechosa que las sublimaciones interesadas del pretérito imperfecto.

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